Estoy leyendo un libro que se llama “Incendios”. Una novela. Leer está bien. Ayuda.
Hoy, por ejemplo, durante el viaje en colectivo hacia el trabajo leí este fragmento:
“Mi padre, súbitamente, se volvió y miró por la ventana. Como si pensara que había alguien en el porche o en el jardín, o en la calle, mirándole, alguien que pudiera servirle de referencia, alguien que pudiera darle una idea de lo que le estaba sucediendo. La calle, como es lógico, estaba desierta. La nieve caía blandamente en torno a la luz de la farola”.
El libro lo cuenta un chico de quince años. Su padre perdió el trabajo (enseñaba a los ricos del pueblo a jugar al golf. Él no era lo suficientemente bueno para los torneos, pero sí para los ricos) y decidió ir a apagar los incendios forestales. Durante días se extienden los incendios encima y detrás de las colinas que encierran el valle del pueblo (Great Falls, un lugar inexistente, al norte de Estados Unidos) y los hombres van a ganar algo de plata. Es una empresa arriesgada. Durante su estadía en el bosque su padre vio cómo se prendía fuego vivo un oso encima de un árbol, cómo el impulso de las llamas tiraban a un hombre del caballo. Mientras su padre está fuera de casa (son a lo sumo tres o cuatro días), su madre tiene una aventura con otro hombre. No es una aventura, en realidad. Una aventura es apagar incendios forestales, tal vez, pero no acostarse con un viejo, bailar con él en su casa, estar borracha y rendida de pronto. El chico que cuenta ve a su madre hacer lo que hace, la acompaña, por momentos, la entiende.
El fragmento que leí hoy en el colectivo es parte de una escena en la que el padre vuelve a la casa (cubierto de ceniza vuelve, algo culposo por haberlos abandonado unos días. Según cuenta el chico y pese al poco tiempo de ausencia, más alto y robusto) y la madre le anuncia que se va a vivir a otra parte con otro hombre.
El padre no entiende, claro. No entiende nada. Y leer es bueno porque a todos nos pasa no entender. Y el padre desconcertado tiene la amabilidad, en medio de su pena, de su extrañamiento, de ofrecernos una clave, espiando por la venta empañada a la que todos asomamos como él la cabeza buscando alguien o algo que nos guíe. El padre desconcertado que, delante de su hijo, busca respuestas en la nieve y en la calle; alguien que se pare a su lado y le diga que está bien, que ya va a pasar, que le explique por qué es ese y no otro el espacio que le toca transitar, su circunstancia, se sacrifica para salvarnos. Se queda para siempre clavado en ese farol de luz amarillenta (imaginamos), lánguido como pelícano; deja que la nieve gris y copiosa, mezclada con la ceniza de los incendios que se apagan en las colinas lo vayan cubriendo. Y nosotros entendemos, gracias a él y a la calle que, “como es lógico”, está desierta, que todas esas veces en las que tanteamos el vacío buscando esa solución que no avanza nunca más allá del tartamudeo, esa palmada en la espalda que nos desatore, estamos avanzando como antes muchos otros hacia la concreción de un destino. Por eso está bueno leer. Si pueden, lean.
