Una silla. Una mesa. Una cama blanca. Un espejo. Un crucifijo encima de la cama blanca, reflejado en el espejo. Las sábanas almidonadas. Un tubo de luz fluorescente que zumba. La continuación de una grieta que ahora se insinúa detrás de la puerta del baño: una cicatriz enmarcada por una aureola de humedad morada. Las cosas que hay en el baño. Todas. Incluso un rollo de papel higiénico por la mitad o intacto. La puerta blanca con el número 27 gris clavado. Y afuera, las otras puertas iguales, todas con sus números. 28, 26, 25, 22. El pasillo encerado y brillante. Las baldosas blancas imitando el mármol desde hace por lo menos sesenta años. El pasillo que va a de una pared blanca a otra pared blanca y al costado, las escaleras, las dos puertas herméticas de los ascensores. Los cinco botones de cada ascensor, las huellas digitales de los chicos marcadas en las paredes espejadas. La música funcional. Si la hubiera. No la hay. Pero sí el silencio. Ese silencio puro de los ascensores. La luz natural apareciendo en la segunda curva de los escalones, al principio del primer piso, la madeja de ruidos que se infla y se desinfla cuando alguien sale, cuando alguien entra. El polvo mezclado con el sol. El mostrador de la recepción, los sillones de cuero negro, la chica con cara de vainilla que contesta el teléfono, que da indicaciones, que asigna los turnos y termina de trabajar a las diez de la noche. Los zapatos blancos de juguete de las enfermeras, los termómetros y las obleas ásperas de sus bolsillos. Las madres tratando de callar a sus hijos, de mantenerlos quietos hasta que los llamen de los consultorios; los viejos esperando con la espalda vencida mirando los choques de trenes, los números de la quiniela, los culos de las bailarinas en el canal de noticias. El dispensador de agua. Fría y caliente. La máquina de café rota. Las dos placas de metal que cruzan la puerta de vidrio. Un escudo con una serpiente enroscada en un palo. El manco que vende flores y cuida los autos. Su voz gangosa diciendo jazmines, pidiendo una ayuda a voluntad. La vereda rota. El tacho de basura desbordado. Y el olor de ese tacho, dulce, confundiendo a las abejas. Los autos negros, los autos azules, los autos blancos y rojos. Los camiones. La doble hilera de plátanos, las persianas bajas, los maniquíes decapitados en las vidrieras. La brea caliente del suelo, las líneas intermitentes que delimitan los carriles, las cebras peatonales. Las zapatillas y las alpargatas, los perritos que saltan colgando de la correa de sus amos, los zapatos lustrados de los viejos y los policías. El ruido desarticulado de las voces que gritan en los celulares y los frenos y las sirenas. Las calles que cortan la avenida y van hacia los barrios. Los barrios que huelen a naranja, a bizcocho caliente. La avenida que cruza de una punta a la otra la ciudad y que termina en la ruta. La ruta 6, la ruta 205, la ruta 40. La ruta con quince accidentes semanales y llanura alrededor; la ruta con vacas esparcidas, con teros y charcos y luces titilantes en medio de la nada. Los carteles amarillos y verdes y azules y blancos que señalan curvas y localidades agujereadas con disparos. Las rutas que a veces cruzan casas fantasmas, bajas y herméticas con techos de tejas anaranjadas. Las rotondas con el nombre de los pueblos tallados en madera, debajo de una virgen, de un escudo de chapa, de una bandera. Las casillas empañadas de los policías, los conos fluorescentes, en fila, a dos metros de la banquina. Las linternas iluminando el tablero y la cara contraída del acompañante. Los autos lanzados que no paran. Cohetes. Líneas de fuego. Al final de los caminos, esos pueblos, sí, esa gente en pantuflas y camisón, esas ciudades. Pero además, en los bordes y los costados: el mar y los ríos, las montañas que empiezan en musgo y terminan en piedra o en nieve o en nubes. La selva paraguaya y las islas Kolocep, los campos de cultivos en Samoa, las playas de Santa Mónica y la pirámide de Kukulcán. Postdamer Platz, el glaciar de Usuhaia, los tranvías de Praga, los Pirinieos y el Mausoleo de Minh Mang. Encima la Luna, sonrosada, algunas veces, otra, amarilla. Las estrellas con nombres de dioses, de animales y astrónomos rusos. Plutón, seguramente, Marte, la Vía Láctea entera, otros mundos sin nombre, no descubiertos. Y de nuevo la costra gaseosa de la Tierra ensuciada de antenas y satélites, los cuadrados amarillos, verdes y amarronados que sobrevuelan los aviones (una alfombra de retazos, un cubrecamas), las ovejas, las terrazas, los gorriones gordos sentados en las ramas y un edificio blanco gastado. Y una ventana. Y una habitación. Una silla. Una mesa. Una cama blanca. Y este mosquito en mi brazo entubado con suero. Succionando. O ya no. Si puedo todavía decidir alguna cosa. Este mosquito no. Lo golpeo. Lo hago explotar en mi mano y es una manchita de sangre, patitas retorcidas. Este mosquito no. Pero todo lo demás sí. Todo eso va a seguir ahí, imperturbable, cuando ya no esté yo acá. Dentro de poco. Cuando me muera.
Parte 2: El mosquito
noviembre 18, 2011 por paintyagua
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siempre leo esperando tus finales… nunca me decepcionan…