Publiqué un libro y esta es la tapa:
El libro se puede conseguir en:
- Caterva libros: Esmeralda 887 (Esmeralda y Paraguay, en el centro. La librería tiene un catalogo zarpado de poesía, filosofía y libros raros. Vayan a ver)
- Purr
Santa Fé 2729 (en una galería zarpada que se llama Patio del Liceo y que da para pasear)
- Lunaria Libros
… Iberá 1629 (Nuñez. A una cuadra de Iberá y Libertador. Los atiende Tomás con extrema amabilidad)
- El Banquete
La Pampa 2508 (Belgrano. A una cuadra de Cabildo y Pampa. Tienen libros usados además. La mitad de mi biblioteca es de ahí)
- Cobra Libros
(Aranguren 150. Caballito. Bella esquina barrial)
- Formosa
(Delgado 1235. Colegiales. Al lado de una plaza lindisima, con varios lugares para tomar algo, da para pasear. Y en Formaosa siempre hay cursos y cosas lindas)
Acá dejo el fragmento de uno de sus nueve cuentos:
Alba
(fragmento)
Su padre sabía el nombre de todos los sonidos del bosque. Los identificaba cuando caminaban juntos a cambiar el agua de los animales, y trataba de enseñarle técnicas para que ella pudiera también advertirlos. El bosque, para su padre, para ella, era lo que los demás llamaban el campo.
Los machetazos que partían la sombra de la tarde eran el canto del hornero, gris como el barro sucio de su nido. Cuando cantaba el jilguero, en cambio, se oía reverberar una garúa de agujas en el fondo de un lago y cada día encajaba una palabra distinta (una palabra exacta) en el fraseo del zorzal. A veces decía “sol”, el zorzal, a veces “verte”. Y había colores, detrás de los cantos: pecas negras y vientres rojo ladrillo; frentes anaranjadas, alas de dorso verde, canela y en ojos de iris negro el marco de un antifaz.
Había otros cantos que parecían más bien ruido, pero su padre decía que no había manera de saber cuándo algo era un ruido, cuándo algo era un canto. La vibración metálica en el buche de las ranas trepadoras, las verrugas de los sapos chisporroteando al sol y las nutrias royendo las ramas podridas de los árboles. Todo podía distinguir su padre, caminando hacia los corrales. Le decía que cuando escuchara el sonido de alguien mordiendo una galleta, seguro que era un zorro intentando moverse con sigilo entre la cebadilla; que si al pisar el suelo no había ruidos, lo que crecía en la tierra era pasto salado, y era gramilla si con cada paso se escuchaba un roce de muelas microscópicas.
Los lirios y las azucenas no hacían ruido. No emitían sonidos los racimos de flores blancas de las acacias al caer, maduros, al suelo. Sólo el viento se escuchaba en el mundo de las flores, meciendo los rabos gordos y peludos de las cortaderas.
Sabían los sonidos, ella y su familia. Sabían todo del bosque, porque ahí habían nacido; ella, su padre y su abuelo. En el campo. Pero su abuelo no hablaba tanto como su padre. Su abuelo era viejo siempre y callado. Como ella.
Despierta, después de desayunar y de alimentar a Eduardo, va a caminar hacia el chiquero pisando el pasto gastado por los pasos de su madre (un camino vacilante, desconectado) y va a pensar que no es tanto lo que los genes afinen o no el puente de la nariz o enverdezcan el contorno del iris con vapores esmeralados: lo que se hereda y se arrastra de un padre a un hijo, de un abuelo a un nieto, es una cierta cadencia al hablar, una vocación por la pausa, por el sigilo. Los genes son la partitura de un ritmo.
No va a amenazar aún la tormenta encima del campo cuando llene los baldes con verduras y alimento balanceado. El cielo va a seguir siendo de un verde profundo y opaco y apenas unas nubes van a avanzar por encima de los sauces. También el cielo tenía, según su padre, sus sonidos y sus ritmos y, con entrenamiento, decía, podía preverse el clima escuchando ciertos giros del viento, ciertas vibraciones. Su abuelo, en cambio, como todos los viejos, decía que podía anticipar las tormentas por los ruidos de sus huesos. Pero prefería guardarse para él sus vaticinios y, sentado en su sillón, asentía satisfecho cuando empezaba a llover, mirándolos a todos con la suficiencia de aquel que se sabe el único guardián de un secreto.
