Este sábado 17, en el marco del cierre del año de Ediciones Encendidas, será la presentación de “El Enemigo”. Va a haber gente, música y libros. Los que quieran ir avisen y serán bienvenidos
Acá un poco del libro:
Especial de Reyes Magos
(Fragmento)
A las siete de la tarde, los contornos, atravesando el río, se desdibujan. Lleva en sus rodillas (rozando la tela gris, rozando la tensión de los cuádriceps) un portafolio de cuero verde con todo lo que necesita y, encima, apoyado, su sombrero. Inclina la cabeza levemente, se asoma por la ventanilla y ve de nuevo los muelles podridos, las casas coloniales, las sombrillas de hojas y caña.
Julián le pregunta a veces por qué todas las cosas en el río son viejas. Para Julián el río es el recorrido de la lancha. Seis kilómetros de agua marrón, muelles podridos, casas coloniales y sombrillas. Hay cosas nuevas, están más lejos, pero le parece mejor responderle que el río se come lo nuevo. Le parece mejor que Julián crea en un río vivo que deglute todo intento de progreso. Prefiere que Julián le diga a Lucía, cuando se sientan en la costa, encima del barro, que tenga cuidado, porque el río muerde, se traga casas, y es mejor no molestarlo con pies inquietos o piedritas.
A medida que se acerca a la costa va creciendo el olor. Es como arrojarse a una zanja, llegar a la estación, como entrar en un panteón lleno de perros muertos.
Con su sombrero entre las manos (apretado entre sus manos) espera que la lancha se detenga del todo y que el hombre que canta (dice “lluvia, dice “mi amor”, dice “volverás”, la canción del hombre que canta) termine de amarrarla al puerto. Conoce la voz que se destaca, el semblante neutro, del hombre que canta entre los otros hombres que se paran y se alisan los pantalones y amoldan sus espaldas a los hombros almidonados de los sacos.
Su sombrero y los sombreros de los otros son anclas que los fijan al suelo. Si los largaran, está seguro, podrían flotar encima del puerto y de la lancha, mezclarse con los vapores tóxicos que la ciudad tose encima de la costa. Cuando se pone de pie y tantea el bolsillo de la camisa buscando el encendedor, buscando los cigarrillos sabe, como el resto, que desde hace unos meses puede explotar, en el mundo, una bomba; que una llamada o un dedo que pulse un botón pueden convertir sus piernas y sus manos, las del resto, en polenta. Así dijeron que quedaban los cuerpos: untados en las paredes como una especie de puré granuloso, de polenta.
También dijeron que era mejor no pensar en esas cosas; que era improbable que el país se viera involucrado en esos asuntos catastróficos, en esas emergencias.
Antes de bajar de la lancha al muelle, del muelle a la plataforma, con el sombrero apretado entre las manos, cruza una mirada con el hombre que antes cantaba y ahora fuma (fuma como él) apoyado en un farol junto al amarradero. Lo conoce (la voz, la canción, el semblante) y, sin embargo, nada representaría para él, nada le generaría ver, encontrar esa cara aún viva y cantando (tan alegre y citadina) después de un holocausto, entre los escombros.
