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Yo había leído a Paul Auster.

Si me preguntaban yo decía eso: Ya leí a Paul Auster. Como ya leí a Cortázar, a Henry Miller, a Borges.
Yo había leído a Paul Auster cuando era chico como a todo ese otro montón de  muertos.
Ahora que cumplí 34 años tengo la tendencia a decir cada vez más que algunas cosas las hice “de chico”. Hasta no hace mucho, la franja que cubría mi “ser chico” era bastante más acotada, pero ahora meto ahí todo lo que hice entre los  seis y los veintidos años.
Hasta ahí fui chico: hasta los veintidos. Antes de los seis, probablemente nada.

Como sea, a Paul Auster  ya lo había leído.
Hace poco salió un libro nuevo de Paul Auster, “Diario de Invierno”, y me llamó la atención su tema: un diario personal que pretendía contar todas las experiencias propias desde el cuerpo: una acumulación de golpes, dolores, sensaciones físicas, movimientos, mudanzas, novias y amantes, impactos emocionales.
Así que fui y lo compré, pero apenas empecé a leerlo me acordé de que tenía otro libro suyo sin leer en la biblioteca (“La invención de la soledad”) y opté por empezar con ese.
Era raro leer a Paul Auster ahora de grande, porque ya lo había leído antes de chico. El Paul Auster que había leído de chico era un escritor para escritores, un tipo que, amparado en algunos tópicos de las novelas policiales escribía acerca de la vocación literaria, de los libros que se esconden en los libros, de cosas tan universales y tan abstractas como las personalidades múltiples, los recorridos circulares del azar, la trama espesa y porosa de las historias, la dimensión caleidoscopica de las ciudades. Era una voz literaria que describía un mundo literario, la voz de un escritor adentro de un libro.
El Paul Auster que me encontré ahora era un poco distinto. Seguramente porque no era Paul Auster, yo a Paul Auster ya lo había leído, ya le había sacado la ficha y lo había dejado estacionado en esa franja de tiempo que avanza  y se hincha como la marea con cada paso que doy hacia la madurez: mi juventud. Era lógico que este tipo que hablaba de la muerte de su padre, de cómo trataba de conocerlo y se le escapaba cada vez, de los libros que había leído tratando de mantenerse fiel a su idea de no hacer otra cosa para vivir (inventar, por ejemplo, juegos de cartas que súbitamente lo volvieran rico), de sus granos en el culo, de sus malas decisiones amorosas, de las obsesiones de su madre, de las mentiras que afianzaban los lazos familiares, de las lesiones en partidos de baseball jugados abajo de la lluvia, de las golosinas que a veces, en los aeropuertos, no puede evitar engullir como cuando era un crío, me pareciera tan distinto a aquel otro que había leído cuando todo esto que me contaba este nuevo Paul Auster no me importaba casi nada.

A este Paul Auster nuevo lo empecé a leer en un avión y, mientras cruzaba la cordillera, en el libro apareció tres veces la palabra Andes.  Lo seguí leyendo en  un taxi y, después de que el libro describiera un accidente de auto (uno que casi le cuesta la vida al nuevo Paul Auster) vi un choque furibundo, de esos que le cuestan la vida a la gente, en Panamericana. En casa leí que empezaba el otoño y acá empezó también, de este lado del libro, pero eso es lo  habitual, cosas que pasan.

Cuando terminé “La invención de la soledad” y “Diario de invierno”, empecé otro libro de Paul Auster, uno que se llama “Experimentos con la verdad” y que recopila algunos ensayos y entrevistas. En ese libro este Paul Auster nuevo dice que a él le pasan cosas raras; que la vida está llena de cosas raras que pasan y que si uno cree que sólo pasan en las novelas, que son algo forzado por la voluntad de un escritor de querer agregarle misterio a la vida se equivoca. Dice, en síntesis, que hay más misterio en la vida que en los libros.

Yo me di cuenta de que el nuevo Paul Auster me hablaba a mí. Tal vez porque yo había decidido encapsularlo en ese otro Paul Auster de mi juventud y ahora tenía que dejarme en claro que yo a él, a este que seguía vivo y hablando (igual que los otros muertos), todavía no había empezado a leerlo.
Como yo ya soy grande (no un chico), tengo mis propias opiniones, y creo que el nuevo Paul Auster  cuando dice lo que dice acerca de los libros y la vida, quiere decir que hay misterio en la vida, pero que uno puede verlo o no. En general, los tipos como él lo ven y por eso tienden a escribir libros que nos lo ponen en evidencia.
Nombrándonos los Andes cuando los sobrevolamos, o puntuando todas las rutas con accidentes casi fatales. O haciendo sonar el teléfono de la casa de mis padres (ahora, esto es verdad) y que del otro lado una voz pregunte: “¿Agencia?”. ¿Leyeron como yo leí, de chico, “Las ciudades de cristal”? Empieza ese libro también con esa misma llamada telefónica. El nuevo Paul Auster y yo nos entendemos mejor que antes. No somos chicos ya y estamos aprendiendo a lidiar con el misterio, con la vida,  con la literatura.

Estoy en la cola de la librería esperando mi turno. Detrás de mí, una mujer y su hija escuchan a un hombre que les propone comprar un almanaque. La hija dice que ya tienen almanaque, pero la mujer le dice que si quiere comprar uno que vaya y lo elija antes de que los atiendan. El hombre va hasta el mostrador y se pone a revolver los almanaques buscando uno que le guste. La hija le dice a la mujer: “No lo soporto más. No podemos comprar un libro en paz”. “Acostumbrate”, le contesta la mujer, “Son veinte días más”. El hombre vuelve con un almanaque ilustrado con ángeles que tocan trompetas en las nubes. Las dos mujeres le sonríen en silencio.

Presentación

Este sábado 17, en el marco del cierre del año de Ediciones Encendidas, será la presentación de “El Enemigo”. Va a haber gente, música y libros. Los que quieran ir avisen y serán bienvenidos

 

Acá un poco del libro:

Especial de Reyes Magos

(Fragmento)

A las siete de la tarde, los contornos, atravesando el río, se desdibujan. Lleva en sus rodillas (rozando la tela gris, rozando la tensión de los cuádriceps) un portafolio de cuero verde con todo lo que necesita y, encima, apoyado, su sombrero. Inclina la cabeza levemente, se asoma por la ventanilla y ve de nuevo los muelles podridos, las casas coloniales, las sombrillas de hojas y caña.
Julián le pregunta a veces por qué todas las cosas en el río son viejas. Para Julián el río es el recorrido de la lancha. Seis kilómetros de agua marrón, muelles podridos, casas coloniales y sombrillas. Hay cosas nuevas, están más lejos, pero le parece mejor responderle que el río se come lo nuevo. Le parece mejor que Julián crea en un río vivo que deglute todo intento de progreso. Prefiere que Julián le diga a Lucía, cuando se sientan en la costa, encima del barro, que tenga cuidado, porque el río muerde, se traga casas, y es mejor no molestarlo con pies inquietos o piedritas.
A medida que se acerca a la costa va creciendo el olor. Es como arrojarse a una zanja, llegar a la estación, como entrar en un panteón lleno de perros muertos.
Con su sombrero entre las manos (apretado entre sus manos) espera que la lancha se detenga del todo y que el hombre que canta (dice “lluvia, dice “mi amor”, dice “volverás”, la canción del hombre que canta) termine de amarrarla al puerto. Conoce la voz que se destaca, el semblante neutro, del hombre que canta entre los otros hombres que se paran y se alisan los pantalones y amoldan sus espaldas a los hombros almidonados de los sacos.
Su sombrero y los sombreros de los otros son anclas que los fijan al suelo. Si los largaran, está seguro, podrían flotar encima del puerto y de la lancha, mezclarse con los vapores tóxicos que la ciudad tose encima de la costa. Cuando se pone de pie y tantea el bolsillo de la camisa buscando el encendedor, buscando los cigarrillos sabe, como el resto, que desde hace unos meses puede explotar, en el mundo, una bomba; que una llamada o un dedo que pulse un botón pueden convertir sus piernas y sus manos, las del resto, en polenta. Así dijeron que quedaban los cuerpos: untados en las paredes como una especie de puré granuloso, de polenta.
También dijeron que era mejor no pensar en esas cosas; que era improbable que el país se viera involucrado en esos asuntos catastróficos, en esas emergencias.
Antes de bajar de la lancha al muelle, del muelle a la plataforma, con el sombrero apretado entre las manos, cruza una mirada con el hombre que antes cantaba y ahora fuma (fuma como él) apoyado en un farol junto al amarradero. Lo conoce (la voz, la canción, el semblante) y, sin embargo, nada representaría para él, nada le generaría ver, encontrar esa cara aún viva y cantando (tan alegre y citadina) después de un holocausto, entre los escombros.

“El enemigo”

Publiqué un libro y esta es la tapa:

El libro se puede conseguir  en:

  • Caterva libros: Esmeralda 887 (Esmeralda y Paraguay, en el centro. La librería tiene un catalogo zarpado de poesía, filosofía y libros raros. Vayan a ver)

 

  • Purr

Santa Fé 2729 (en una galería zarpada que se llama Patio del Liceo y que da para pasear)

  • Lunaria Libros

… Iberá 1629 (Nuñez. A una cuadra de Iberá y Libertador. Los atiende Tomás con extrema amabilidad)

  • El Banquete

La Pampa 2508 (Belgrano. A una cuadra de Cabildo y Pampa. Tienen libros usados además. La mitad de mi biblioteca es de ahí)

  • Cobra Libros

(Aranguren 150. Caballito. Bella esquina barrial)

  • Formosa

(Delgado 1235. Colegiales. Al lado de una plaza lindisima, con varios lugares para tomar algo, da para pasear. Y en Formaosa siempre hay cursos y cosas lindas)

 

Acá dejo el fragmento de uno de sus nueve cuentos:

Alba

(fragmento)

Su padre sabía el nombre de todos los sonidos del bosque. Los identificaba cuando caminaban juntos a cambiar el agua de los animales, y trataba de enseñarle técnicas para que ella pudiera también advertirlos. El bosque, para su padre, para ella, era lo que los demás llamaban el campo.

Los machetazos que partían la sombra de la tarde eran el canto del hornero, gris como el barro sucio de su nido. Cuando cantaba el jilguero, en cambio, se oía re­verberar una garúa de agujas en el fondo de un lago y cada día encajaba una palabra distinta (una palabra exacta) en el fraseo del zorzal. A veces decía “sol”, el zorzal, a veces “verte”. Y había colores, detrás de los cantos: pecas negras y vientres rojo ladrillo; frentes anaranjadas, alas de dorso verde, canela y en ojos de iris negro el marco de un antifaz.

Había otros cantos que parecían más bien ruido, pero su padre decía que no había manera de saber cuándo algo era un ruido, cuándo algo era un canto. La vi­bración metálica en el buche de las ranas trepadoras, las verrugas de los sapos chisporroteando al sol y las nutrias royendo las ramas podridas de los árboles. Todo podía distinguir su padre, caminando hacia los corrales. Le decía que cuando escuchara el sonido de alguien mordiendo una galleta, seguro que era un zo­rro intentando moverse con sigilo entre la cebadilla; que si al pisar el suelo no había ruidos, lo que crecía en la tierra era pasto salado, y era gramilla si con cada paso se escuchaba un roce de muelas microscópicas.

Los lirios y las azucenas no hacían ruido. No emitían sonidos los racimos de flores blancas de las acacias al caer, maduros, al suelo. Sólo el viento se escuchaba en el mundo de las flores, meciendo los rabos gordos y peludos de las cortaderas.

Sabían los sonidos, ella y su familia. Sabían todo del bosque, porque ahí habían nacido; ella, su padre y su abuelo. En el campo. Pero su abuelo no hablaba tanto como su padre. Su abuelo era viejo siempre y callado. Como ella.

Despierta, después de desayunar y de alimentar a Eduardo, va a caminar hacia el chiquero pisando el pasto gastado por los pasos de su madre (un camino vacilante, desconectado) y va a pensar que no es tanto lo que los genes afinen o no el puente de la nariz o enverdezcan el contorno del iris con vapores esmera­lados: lo que se hereda y se arrastra de un padre a un hijo, de un abuelo a un nieto, es una cierta cadencia al hablar, una vocación por la pausa, por el sigilo. Los genes son la partitura de un ritmo.

No va a amenazar aún la tormenta encima del cam­po cuando llene los baldes con verduras y alimento balanceado. El cielo va a seguir siendo de un verde profundo y opaco y apenas unas nubes van a avan­zar por encima de los sauces. También el cielo tenía, según su padre, sus sonidos y sus ritmos y, con entre­namiento, decía, podía preverse el clima escuchando ciertos giros del viento, ciertas vibraciones. Su abuelo, en cambio, como todos los viejos, decía que podía anti­cipar las tormentas por los ruidos de sus huesos. Pero prefería guardarse para él sus vaticinios y, sentado en su sillón, asentía satisfecho cuando empezaba a llover, mirándolos a todos con la suficiencia de aquel que se sabe el único guardián de un secreto.

Parte 2: El mosquito

Una silla. Una mesa. Una cama blanca. Un espejo. Un crucifijo encima de la cama blanca, reflejado en el espejo. Las sábanas almidonadas. Un tubo de luz fluorescente que zumba. La continuación de una grieta que ahora se insinúa detrás de la puerta del baño: una cicatriz enmarcada por una aureola de humedad morada. Las cosas que hay en el baño. Todas. Incluso un rollo de papel higiénico por la mitad o intacto. La puerta blanca con el número 27 gris clavado. Y afuera, las otras puertas iguales, todas con sus números. 28, 26, 25, 22. El pasillo encerado y brillante. Las baldosas blancas imitando el mármol desde hace por lo menos sesenta años. El pasillo que va a de una pared blanca a otra pared blanca y al costado, las escaleras, las dos puertas herméticas de los ascensores. Los cinco botones de cada ascensor, las huellas digitales de los chicos marcadas en las paredes espejadas. La música funcional. Si la hubiera. No la hay. Pero sí el silencio. Ese silencio puro de los ascensores. La luz natural apareciendo en la segunda curva de los escalones, al principio del primer piso, la madeja de ruidos que se infla y se desinfla cuando alguien sale, cuando alguien entra. El polvo mezclado con el sol. El mostrador de la recepción, los sillones de cuero negro, la chica con cara de vainilla que contesta el teléfono, que da indicaciones, que asigna los turnos y termina de trabajar a las diez de la noche. Los zapatos blancos de juguete de las enfermeras, los termómetros y las obleas ásperas de sus bolsillos. Las madres tratando de callar a sus hijos, de mantenerlos quietos hasta que los llamen de los consultorios; los viejos esperando con la espalda vencida mirando los choques de trenes, los números de la quiniela, los culos de las bailarinas en el canal de noticias. El dispensador de agua. Fría y caliente. La máquina de café rota. Las dos placas de metal que cruzan la puerta de vidrio. Un escudo con una serpiente enroscada en un palo. El manco que vende flores y cuida los autos. Su voz gangosa diciendo jazmines, pidiendo una ayuda a voluntad. La vereda rota. El tacho de basura desbordado. Y el olor de ese tacho, dulce, confundiendo a las abejas. Los autos negros, los autos azules, los autos blancos y rojos. Los camiones. La doble hilera de plátanos, las persianas bajas, los maniquíes decapitados en las vidrieras. La brea caliente del suelo, las líneas intermitentes que delimitan los carriles, las cebras peatonales. Las zapatillas y las alpargatas, los perritos que saltan colgando de la correa de sus amos, los zapatos lustrados de los viejos y los policías.  El ruido desarticulado de las voces que gritan en los celulares y los frenos y las sirenas. Las calles que cortan la avenida y van hacia los barrios. Los barrios que huelen a naranja, a bizcocho caliente. La avenida que cruza de una punta a la otra la ciudad y que termina en la ruta. La ruta 6, la ruta 205, la ruta 40. La ruta con quince accidentes semanales y llanura alrededor; la ruta con vacas esparcidas, con teros y charcos y luces titilantes en medio de la nada. Los carteles amarillos y verdes y azules y blancos que señalan curvas y localidades agujereadas con disparos. Las rutas que a veces cruzan casas fantasmas, bajas y herméticas con techos de tejas anaranjadas. Las rotondas con el nombre de los pueblos tallados en madera, debajo de una virgen, de un escudo de chapa, de una bandera. Las casillas empañadas de los policías, los conos fluorescentes, en fila, a dos metros de la banquina. Las linternas iluminando el tablero y la cara contraída del acompañante. Los autos lanzados que no paran. Cohetes. Líneas de fuego. Al final de los caminos, esos pueblos, sí, esa gente en pantuflas y camisón, esas ciudades. Pero además, en los bordes y los costados: el mar y los ríos, las montañas que empiezan en musgo y terminan en piedra o en nieve o en nubes. La selva paraguaya y las islas Kolocep, los campos de cultivos en Samoa, las playas de Santa Mónica y la pirámide de Kukulcán. Postdamer Platz, el glaciar de Usuhaia, los tranvías de Praga, los Pirinieos y el Mausoleo de Minh Mang. Encima la Luna, sonrosada, algunas veces, otra, amarilla. Las estrellas con nombres de dioses, de animales y astrónomos rusos. Plutón, seguramente, Marte, la Vía Láctea entera, otros mundos sin nombre, no descubiertos. Y de nuevo la costra gaseosa de la Tierra ensuciada de antenas y satélites, los cuadrados amarillos, verdes y amarronados que sobrevuelan los aviones (una alfombra de retazos, un cubrecamas), las ovejas, las terrazas, los gorriones gordos sentados en las ramas y un edificio blanco gastado. Y una ventana. Y una habitación. Una silla. Una mesa. Una cama blanca. Y este mosquito en mi brazo entubado con suero. Succionando. O ya no. Si puedo todavía decidir alguna cosa. Este mosquito no. Lo golpeo. Lo hago explotar en mi mano y es una manchita de sangre, patitas retorcidas. Este mosquito no. Pero todo lo demás sí. Todo eso va a seguir ahí, imperturbable, cuando ya no esté yo acá. Dentro de poco. Cuando me muera.

Parte 1. El dragón

Podría ser mar el camino, pero es piedra.  Está apenas comenzando el día y mientras manejo lo que veo es blanco sobre blanco. Si me refriego los ojos para limpiarme el sueño,  los restos de luz me arden en los párpados igual que la espuma que sus manos levantaban de la arena. La espuma que sus labios detrás, apuntándome, soplaban y me mojaba la cara con chispas de agua salada.  No veo el sol, pero ya está arriba y adentro de todo otra vez: blanco sobre blanco. El día en la ruta es una exhalación de fuego mojado. Y para mí es espuma que su aliento disuelve y hace volar hacia mis ojos.  La luz del sol, mientras manejo, el comienzo del día, es lo que sale de su boca soplando.

No hay otros autos en la ruta y adelante puede verse una línea recta interminable salpicada por espejos de agua que van desvaneciéndose siempre a unos metros del parabrisas. Mientras avanzo veo en los espejismos restos de una marea, pozos cerca de una orilla que recuerdo. Veo jugar a cuatro siluetas desgarbadas y ondulantes trepándose a sí mismas, contorsionándose y chapoteando. Son los chicos de la playa. Los chicos grandes del verano en el que tuve diez años. El único verano en el que tuve diez años. Siento los hombros de mi papá debajo de mis nalgas flacas. Los huesos firmes, pétreos de sus hombros recuerdo con los muslos; con los ojos y la piel, con las uñas y el culo, recuerdo, al comenzar el día, en la ruta, esa tarde en la playa.

Se va deshaciendo la bruma y aparecen apenas algunos colores en el campo: los chicos gritan encima del aire quieto de la ruta, las olas rompen contra el paragolpes de mi auto que avanza sobre la piedra y yo,  sentado en los hombros de mi papá, manejo  hacia un horizonte que se mastica a sí mismo. Puedo ver las carreras, los empujones de los chicos de la playa, desde arriba, puedo verlos nadar y presuntuosos volver a la costa pidiendo que le digan cuál fue esta vez el tiempo, si rompieron una vez más su propio record. Envuelto en cal, en luz de leche, blanco sobre blanco, avanzo en la ruta tratando de adivinar qué caras tenían entonces, qué caras tendrán ahora aquellos chicos de la playa y por primera vez desde que recibí la noticia, por primera vez desde que del otro lado del teléfono, la voz burocrática y cándida del médico como en una novela dijo: “pueden ser días, pueden ser horas”, evocando el guión de un millón de actores secundarios dijo: “ya hicimos todo lo que puede hacerse”, lloro.

Tengo en la cara sal y agua mezcladas, tengo espuma;  las chispas de mar que él sopla desde sus manos enormes: sus manos juntas y en jarra ofrecidas igual que las ofrecen los bomberos o los curas o los héroes mitológicos.  “¿Qué es la espuma papá?” “La espuma es luz que se sopla”.

Encima de la piedra aceitosa, las siluetas ondulan y saltan los desniveles del camino, se empujan para zambullirse primero en el mar y corren como si pudieran entender las reglas del juego que proponen las olas. Son chicos aún, no lo saben. Creen ser hombres y me convencen. ¡Son tan seguros y tienen esa atonía socarrona en la voz!  Yo los veo jugar encaramado a los hombros de mi papá, con los ojos todavía ardidos por la espuma y su aliento, agarrado a su mata de pelo crespo. ¿Qué cosas se dicen, qué modo tienen de sonreír o fruncir el entrecejo?, ¿Qué los hace distintos al agua y al sol, a la espuma y la arena? Mi papá me sacude y simula arrojarme hacía atrás y hacia delante, me bambolea, me obliga a gritar, se divierte. Yo soy un chico y se que no soy como los que juegan en la arena. No quiero ser grande, quiero ser eso que soy. Estar ahí arriba.  “¿Qué es la espuma, papá?”, le había dicho. “La espuma es luz que se sopla”. Y la luz, toda la luz, fue lo que levantaron sus manos en jarra y me sopló en los ojos.

¿Cómo es su voz cuando me habla?, ¿Cómo era su voz cuando me hablaba? Todos en mi cabeza hablan con mi voz: él, los chicos, el mar, la mujer que grita auxilio, los vendedores de helado, las gaviotas. La mujer que grita auxilio no tiene ojos, ni nariz, ni nada, solamente una boca que grita y una mano larga que señala entre las olas un punto: uno de los chicos que antes jugaba en la orilla, diminuto, hundido en el filo del mar, alejado, que no vuelve. Tiene mi voz también, pero mi voz cuando no se escucha, el chico que apenas puede verse como un punto que surge y desaparece en el filo del mar.  Y un rumor de voces que son mi voz asustada va creciendo debajo de los hombros que me sostienen y nos arrincona;  un rumor que camina con pies descalzos tratando de saltar el calor pegado a la arena seca.  Los chicos de la playa dejan de moverse y miran el mar paralizados.  Cuando dejan de jugar y de empujarse, de saltar en la orilla, el sol ya es anaranjado y redondo como un pastel de zapallo y puedo ver desde el parabrisas que ya se detuvo en el aire, antes de tocar el suelo, la bruma blanda que arrastraba el amanecer desde la noche. Encima de sus hombros, mirando yo también el mar, pude ver cómo la espuma se encapsulaba y se quedaba tiesa, cómo a mitad de las frases se hacían talco los gritos, se secaban y los brazos que colgaban seguían colgando, los que se apoyaban alrededor de las cinturas ahí se quedaban, quietos.  Y mientras la cabeza diminuta se hundía en el filo del mar, ningún dedo tocó ningún botón en el mundo, no se derritió ningún helado y miles de chicos se detuvieron en medio de los toboganes y nadie llegó a besarse, ni a irse, ni a traicionarse, ni a morir, ni a vivir feliz para siempre en ninguna película. Yo lo supe tan bien, lo vi tan claro. Cómo se congelaban todos los bostezos, las curvas de humo, el rubor incipiente de todas las mejillas.  Y en esa quietud caí de su altura al suelo.  Lo único móvil era yo cayendo y, claro, sus alas. Al principio apenas intuidas, poros rugosos abriendo pequeñas bocas en sus omoplatos. Después,  la primera línea de plumas blancas y negras, los brazos de pronto estirados en cruz y los pies flotando arriba de la arena.  Plumas y escamas doradas cubriendo las manos y la espalda, las piernas uniéndose en el  latigazo de una cola afilada: desde el suelo, todavía maltrecho un poco, caído, yo pude ver el vuelo rasante de su cuerpo de dragón sobre las olas; pude verlo enhebrar los arcos y las rompientes, la espuma encrespada con un movimiento de tirabuzón lubricado y exacto hasta el punto suplicante que se ahogaba en la marea.

Cruzando la ruta vacía, detrás del parabrisas, lo veo de nuevo sobrevolar las ondulaciones del mar mientras todo lo demás, todas las personas, todas las cosas en el mundo, como esa tarde en la playa, para mirarlo a él, para esperarlo, se quedan quietas.  Y vuelve a traer al chico entre las alas y vuelve a apoyarlo de espaldas en la arena y vuelven a mirarme a mí desde los espejos de agua que se desvanecen en la ruta los chicos de la playa y me hablan por primera vez, a mis diez años, me hablan desde sus catorce o quince o hasta dieciséis imponentes ahora de nuevo: “¿Ese es tu papá?”, me dicen y señalan las escamas todavía brillantes y mojadas de su espalda. “¿Es tu papá el dragón que salvó a nuestro amigo?”. .

Leer te quema

 

Estoy leyendo un libro que se llama “Incendios”. Una novela. Leer está bien. Ayuda.
Hoy, por ejemplo, durante el viaje en colectivo hacia el trabajo leí este fragmento:

“Mi padre, súbitamente, se volvió y miró por la ventana. Como si pensara que había alguien en el porche o en el jardín, o en la calle, mirándole, alguien que pudiera servirle de referencia, alguien que pudiera darle una idea de lo que le estaba sucediendo.  La calle, como es lógico, estaba desierta. La nieve caía blandamente en torno a la luz de la farola”.

El libro lo cuenta un chico de quince años. Su padre perdió el trabajo (enseñaba a los ricos del pueblo a jugar al golf. Él no era lo suficientemente bueno para los torneos, pero sí para los ricos) y decidió ir a apagar los incendios forestales. Durante días se extienden los incendios encima y detrás de las colinas que encierran el valle del pueblo (Great Falls, un lugar inexistente, al norte de Estados Unidos) y los hombres van a ganar algo de plata. Es una empresa arriesgada. Durante su estadía en el bosque su padre vio cómo se prendía fuego vivo un oso encima de un árbol, cómo el impulso de las llamas tiraban a un hombre del caballo. Mientras su padre está fuera de casa (son a lo sumo tres o cuatro días), su madre tiene una aventura con otro hombre. No es una aventura, en realidad. Una aventura es apagar incendios forestales, tal vez, pero no acostarse con un viejo, bailar con él en su casa, estar borracha y rendida de pronto. El chico que cuenta ve a su madre hacer lo que hace, la acompaña, por momentos, la entiende.
El fragmento que leí hoy en el colectivo es parte de una escena en la que el padre vuelve a la casa (cubierto de ceniza vuelve, algo culposo por haberlos abandonado unos días. Según cuenta el chico  y pese al poco tiempo de ausencia, más alto y robusto) y la madre le anuncia que se va a vivir a otra parte con otro hombre.
El padre no entiende, claro. No entiende nada. Y leer es bueno porque a todos nos pasa no entender. Y el padre desconcertado tiene la amabilidad, en medio de su pena, de su extrañamiento, de ofrecernos una clave, espiando por la venta empañada a la que todos asomamos como él la cabeza buscando alguien o algo que nos guíe. El padre desconcertado que, delante de su hijo, busca respuestas en la nieve y en la calle; alguien que se pare a su lado y le diga que está bien, que ya va a pasar, que le explique por qué es ese y no otro el espacio que le toca transitar, su circunstancia,  se sacrifica para salvarnos. Se queda para siempre clavado en ese farol de luz amarillenta (imaginamos), lánguido como pelícano; deja que la nieve gris y copiosa, mezclada con la ceniza de los incendios que se apagan en las colinas lo vayan cubriendo. Y nosotros entendemos, gracias a él y a la calle que, “como es lógico”, está desierta, que todas esas veces en las que tanteamos el vacío buscando esa solución que no avanza nunca más allá del tartamudeo, esa palmada en la espalda que nos desatore, estamos avanzando como antes muchos otros hacia la concreción de un destino. Por eso está bueno leer. Si pueden, lean.