Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘alguaciles’

C.V.

Imagen

 

Tendría que mencionar, antes que nada, un pastillero. Azul en la base plástica, coronado por una cabeza del gato Silvestre: contar cómo lo veo caer de mis manos hacia la rejilla de la cocina. El primer recuerdo que tengo es esa pérdida, esa desaparición. Mi mamá diciendo que lo que se cae no vuele, que lo que se pierde no se recupera. No estoy seguro, pero debería ser. Tiene que haber resonado en el aire una frase como aquella. Se dicen esas cosas en los primeros recuerdos. Sentencias sintéticas, leyes que se labran como tatuajes en la corteza. Eso acerca de mis primeros dos años. No mucho más. Ahí empezó todo, en esa cocina, según parece, si soy sincero y repito lo que recuerdo. Una tele en blanco y negro pasando el show de los Muppets. El traqueteo de las escaleras desde el cochecito. O tal vez encima de un triciclo. Podría ser. Aunque no sé. Dos años: era chico todavía para eso. El regazo de mi abuela, sus blusas negras y sus cadenas con cruces. La cara dorada de Dios entre sus pechos blandos. Me acuerdo del olor a laurel en sus manos frías, el sonido de sus uñas pintadas. Sonaban solas, sin chocarse. Cuando las agitaba delante de mi cara para hacerme reír también exhalaban olor a tabaco y maquillaje mezclados. Me hacía reír el movimiento de las manos. No sé explicar lo que recuerdo. Pero si me piden que cuente una historia, con eso que no entiendo debería decir quién soy. Si soy sincero. No es el caso. Pero si lo fuera, tendría que agregar las alas de los alguaciles zumbando encima de la pileta de plástico celeste. Las manos juntas en el rezo de la zambullida, la malla azul con veleros dibujados. Por alguna razón ahí están firmes todas esas imágenes desteñidas si pienso quién soy, gritando con colores saturados de Polaroid: fragmentos que podrían ser datos fundamentales a la hora de tomar la decisión de darme o no un arma cargada, dejarme solo en una habitación con tres mujeres. Todo lo que no se puede capturar en las cartas de presentación, en esos banderines que intercambiamos y que están ahí (por triplicado) encima de la mesa blanca. Tendría que decir que mi historia es una torta de cumpleaños con la momia y el diablo hechos de cartón, las piñatas explotadas con cigarrillos, la boca infantil buscando caramelos en el talco. La oración al ángel de la guarda todas las noches, pidiendo ser un astro del yo-yo, con un blazer bordó lustrado y sedoso, completar la colección de revistas antiguas seleccionadas cada tarde de sábado en el Parque Centenario, que ella me volviera a mirar como esa vez, para poder ahora sí, decir lo que tenía que decir y no regurgitar ese balbuceo de pichoncito tuerto.
Lo que viene atropellando, levantando el polvo como animales salvajes mezclados: los ruidos de las tardes que pasábamos fumando en los videojuegos, los golpes en la espalda de mi hermano para desatorarlo y salvarlo quizás (no una vez, varias) de la muerte, las ganas de morir de pronto en la sala de espera del dentista, el gusto frío y ácido de los jugos congelados en bolsitas de plástico. Debería resumir los silencios espesos, cálidos, en el teléfono con mis novias adolescentes; el día en el que dos chicos grandes (de siete o de ocho, enormes y rubios como el fuego) me dejaron solo en una cueva con olor a mierda de murciélago; el terror que de repente me empezó a invadir el pecho y las rodillas a que un día porque sí mi papá no volviera a casa nunca más y nos dejara solos. Y eso nada más para empezar, porque está también lo que los demás podrían contar si hiciera falta. Historias minúsculas de tipos que me cruzaron en el baño de una oficina: “parecía una persona bastante normal”, dirían siguiendo el parlamento que suelen pronunciar los testigos de un crimen o un suicidio, como si esa clase de acciones involucraran siempre la marginalidad, la exclusión de la norma; o para demostrar  su atención a los detalles, para despertar sospechas y llenar el aire de suspicacia y misterio (para no aburrirse nada más) dirían: “se lo veía nervioso, tosía como una mujer enfrente del espejo, se limpiaba con demasiado reparo la comisura de los labios”. Dirían: “no hablaba nunca, no contaba mucho de él: era raro”. Mujeres con las que una sola vez nos desnudamos y nos revolcamos un rato podrían decir de qué hablamos esas noches, qué nombres nos inventamos, qué exabruptos perpetré para forzar la risa. Hablando de ellas, de sus recuerdos borrosos, podrían sumar esas esquirlas a mi historia. Y lo que no digo, lo que escondo, como todos: las miserias, también deberían agregarse. De la masturbación burocrática a los deseos infantiles sostenidos: ser mejor que los demás, estar en el centro del mundo, que me miren a mí y no a otros, a nadie más, todo el tiempo. De lo que sueño y de las noches en blanco, del modo en que revuelvo sin pensar en nada los ingredientes de un guiso o una sopa cociéndose. Del gusto que los helados tenían a los seis, a los catorce a los veinte años y de las ideas asesinas que crepitaban como guano ardiente en mi cabeza, las tardes que pasaba escuchando a los Doors en mi pieza y odiándolos a todos. O tal vez tendría que incorporar a mi respuesta también lo que no hago, lo que con disciplina omito siempre y me obligo a dejar fuera de mí. Decir que demoro a propósito el paso para evitar conversaciones con gente conocida a medias, que nunca leo manuales de instrucciones, que espero siempre a que los demás digan sus cosas antes de hablar y que, de poder lograrlo, no hablo nunca, me callo. Que no uso mi segundo nombre, que no beso a los hombres cuando saludo, que evito llevar paraguas incluso en las más obvias, en las más severas tormentas. Si es cuestión de sumar y entrelazar eslabones que encadenen el sentido tendría que tener, además, un cierre posible para esa historia, un punto culminante en el que todas las líneas convergieran con naturalidad. Algo como el Cielo de la Biblia o el suicido de las novelas rusas. Pero no tengo nada de eso, y está todo anotado, lo que interesa, en una hoja de papel. 

Anuncios

Read Full Post »