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Posts Tagged ‘pájaros’

Este pájaro verde llamado Ricardo está masticando todavía lo que otro pájaro  verde llamado  Marcelo le dijo mientras tomaban un cafecito:

Le dijo que su generación (la de estos pájaros que ahora tienen unos 30, pongamos 35 años) colecciona principios y experiencias abortadas. Le dijo que son gente que, en sus relaciones personales, prefiere la brevedad críptica y efectista del aforismo a la profundidad laboriosa de las odas y las epopeyas.
Le dijo (enardecido) que las personas de su generación (la mayoría, aclaró, recomponiéndose) no quieren, cuando dicen buscar amor, en los otros encontrar personas, totalidades que se opongan a ellos y les cuenten, los acompañen, los complementen, los conviertan. No. Quieren, en los otros, un campo para ampliarse a sí mismos, prefieren ver en los demás un territorio para desplegar sus experiencias.

No se dan cuenta, dijo, con tanto hedonísmo metido en la cabeza, que aquello de que “El infierno son los otros” cobra sentido cuando se entiende el revés final que completa la idea. Lo realmente abrumador y desafiante es que los otros, además de ser el infierno, (ese infierno raro que es un límite a ser todo nosotros), son los que esconden  el único cielo. No está en nosotros el Paraíso. No está en insistirnos, en repetirnos tanto. “La caridad es la clave”, dijo el pájaro Marcelo, sin saber muy bien si citaba a Jesucristo o a Rimbaud. Y agregó, al borde del paroxismo:

Para que valga dos mangos el aire que respiran: Quieran.  ¡¡Caretas!!

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Página 39

cuaderno39

¿Qué es el mundo cuando estamos cansados? ¿Qué es toda esa gelatina, ese musgo en el que chapoteamos con un ojo entreabierto y el otro atento (pero muerto, igual, muerto) como un radar soviético?
¿Qué es esa culpa que se va prendiendo en nuestro estómago como las fogatas que en la Biblia se encienden en los vientres de los cachalotes? Ese calor idiota que nos llena de líquido las mejillas. ¿Qué es ese dragón, esa bestia que ronrronea en nuestra nuca, en la punta de nuestros dedos, en la planta de los pies?
Es una radio que suena, que repite, el mundo, cuando estamos cansados. Es un zumbido estático, falso, que confunde y enamora a los pájaros.  Que nos deja anclados en las ramas.

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cuaderno29

Los pájaros que flotan con la hidalguía de un martillo sobre las cosas que no se dicen algunas personas traen a sus víctimas un renovado olor acre para el moho de sus madrigueras. Traen del Trópico la serenidad sobria del té, de la viruela y obligan a relajar el cautiverio, esa vanidad doméstica.

Algunas palabras calladas, estáticas como maquetas, empiezan a galopar en las ranuras, a golpear en los labios como los nudillos mercenarios de un carnicero. Se despliegan los pergaminos y los pájaros vuelan, con sal en las colas, arrojando mermelada sobre los tejados. Reparten entusiasmo como pan y van prendiendo pipas con el rubor de los ancianos.

Son jinetes del susto, más hábiles que el mármol para hacer durar por siempre un crisantemo.

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El aburrimiento puede ser peligroso, según dicen. Puede inducir una depresión severa en niñas con flequillo y aureolas pardas en torno de sus ojos; puede llevar los pensamientos de los perros con tiradores a recovecos sórdidos y lujuriosos o dejar en blanco las mentes generalmente activas y prácticas de los hipopótamos enanos.

Pese a eso, el aburrimiento, por estos días, es un bien escaso y preciado en los centros urbanos; los tipos de corbata ajustada y sacos un poco gastados en los codos lo buscan desesperadamente en los cafés  y las salas de espera. Pero siempre hay un pájaro redondo de pico agudo y filoso que deja a mano una revista, que prende un televisor, que hace sonar una música insulsa y pegadiza.

Esos pájaros sin nombre, de manera sutil, pero efectiva, poco a poco se están adueñando del planeta.

Ojo.

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