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Posts Tagged ‘peluquería’

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Yo sabía que Apollo XI era un cohete. Había un dibujo en el vidrio de la peluquería. Tosco, casi infantil, pero suficiente.  Mi papá me dijo además que era el cohete con el que el hombre había llegado a la Luna. Entonces supe también eso.  ¿Y por qué no seguían yendo a la Luna? Porque habían ido varias veces ya, varias naves y no habían encontrado nada. En la Luna no había nada que hacer.

Cuando me sentaban en la silla alta y me envolvían con el mameluco negro y sin mangas, mi papá decía una sola palabra: “Corto”. Después se sentaba a esperar en un asiento largo que ocupaba la pared entera. Le ofrecían café y él a veces lo tomaba y a veces no.  Yo lo veía desde el espejo. Y también veía pasar a la gente por la calle Congreso. A algunos los veía primero  en el espejo, caminando desde Cabildo hacia Vuelta de Obligado y aparecer después de pronto al costado, del otro lado del vidrio; a otros los veía de golpe en la vereda y los seguía  hasta que se perdían en la avenida, adentro del espejo.  No hacía nada más. El peluquero no me hablaba, porque yo era un chico. Me movía la cabeza, me apretaba las orejas o me levantaba un poco el mentón dependiendo de la parte que quisiera  cortar. No sonaban teléfonos, no había un televisor en el techo. Había música, sí. Me acuerdo de eso, porque el peluquero tarareaba las canciones.

Durante el rato que me cortaban el pelo mi papá no hacía nada. No leía revistas ni chequeaba sus mails, ni escuchaba música con auriculares, ni mandaba mensajes de texto. No había eso en esos años. No leía el diario (ya lo había leído, siempre íbamos a la tarde), no escribía cifras en una agenda. Tomaba su café, si lo había aceptado, miraba hacia fuera, como yo, a la gente que pasaba o me miraba en el espejo con una cara distraída que yo nunca sabía descifrar si era de aprobación o de espanto.  Estaba ahí, como en la Luna, sin hacer nada.

Me mostraban la nuca en un espejo de mano. Me decían “¿Está bien?”. Me daba vértigo verme de espaldas, me gustaba. Siempre decía que sí, que estaba bien. Cuando nos íbamos mi papá le daba la mano al peluquero y le deslizaba un billete de propina.

Siempre que salíamos de la peluquería mi papá me decía “A ver cuánto te dura”. Los dos sabíamos que duraba siempre más o menos lo mismo. Hablábamos por hablar, porque no había nada más que hacer.  Hablábamos porque podíamos.

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