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Posts Tagged ‘perros’

cuaderno33

Lo que separa a los bailarines del resto de los mortales, tiene que ver con ese gesto infantil que van desparramando sus rodillas. Porque en las plazas, entre los árboles orinados por los gatos y los perros, solamente se ven rodillas abombadas. Lo mismo en el subte B o  en una oficina del centro en donde  unos empleados de edades y situaciones vitales diversas hablan por teléfonos inálambricos con unas personas que hacen cosas chiquitas de acero para que los lavarropas no se muevan mucho cuando andan. Ahí, más que nada, ahí las rodillas son adustas, melindrosas, cívicas. 
Qué distintos son los negros, aunque ellos no quieran. ¿No? Igual que los chinitos gordos o los noruegos estirados. En cuanto mueven las rodillas, se ve que, toda voluntad simplista y democrática por igualar a los seres humanos en una raza uniforme de ciudadanos del mundo está más cerca del parquet que de los cuadros de Picasso.  No hay un ñato igual al otro, no vengan con pavadas.  Hay que mirarse las piernas en movimiento, toda esa vibración ósea, toda esa ideología muscular.
Sí, es eso lo que pasa. La posta está en las rodillas. La gente no lo ve, porque tiende a manejarse más que nada con las manos.  Como los monos. Y ahí es cuando los padres, los maestros, los directivos y alumnos agarran un cuchillo desafilado,  ponen cara de Jack Nicholson enloquecido y empiezan a repartir tajos como souvenirs.

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El aburrimiento puede ser peligroso, según dicen. Puede inducir una depresión severa en niñas con flequillo y aureolas pardas en torno de sus ojos; puede llevar los pensamientos de los perros con tiradores a recovecos sórdidos y lujuriosos o dejar en blanco las mentes generalmente activas y prácticas de los hipopótamos enanos.

Pese a eso, el aburrimiento, por estos días, es un bien escaso y preciado en los centros urbanos; los tipos de corbata ajustada y sacos un poco gastados en los codos lo buscan desesperadamente en los cafés  y las salas de espera. Pero siempre hay un pájaro redondo de pico agudo y filoso que deja a mano una revista, que prende un televisor, que hace sonar una música insulsa y pegadiza.

Esos pájaros sin nombre, de manera sutil, pero efectiva, poco a poco se están adueñando del planeta.

Ojo.

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