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Cumplir

 

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La torta era un bizcochuelo de vainilla tapizado con grana verde; tenía, además,  un camino de grana anaranjada  bordeado por un cerco bajo y ondulante de dulce de leche. Al final del camino había un hongo de tallo blanco y sombrero rojo con pintas celestes. Un hongo con puerta y ventanas, con una pequeña chimenea de cartón clavada en el sombrero. El hongo era la casa vacía de seis Pitufos de plástico que más temprano yo había arrancado en un ataque de furia. Yo era grande, tenía siete años, no quería Pitufos. En la torta habían quedado todavía las huellas diminutas  de los juguetes (se ven en las fotos). Había llorado y gritado; había dicho que nadie tenía la menor idea de lo que me gustaba. Había desairado a todos, desbaratado la sorpresa; había menospreciado el esfuerzo. No lo sabía. Hasta hacía poco, cuando volvía del trabajo, mi papá escondía en los bolsillos paquetes de figuritas celestes con calcomanías de los Pitufos y las dejaba apenas asomar desde el bolsillo para que yo me abalanzara sobre él, abrazándole las piernas. Mi mamá me lavaba cada dos días el mismo piyama blanco con estampas de Pitufos y se apuraba a secarlo porque era la única ropa con la que me gustaba dormir. Pero ahora, de pronto, todo eso era parte de un pasado remoto y humillante. Así de fácil. El hongo de la torta había sobrevivido gracias a mi abuelo. Me dijo que, sin los Pitufos, la casa de hongo, así sola, en el bosque, le hacía acordar a la plaza de Guaminí. Me dijo que cuando en Guaminí levantaron en la plaza el edificio con forma de cohete, con forma de monstruo de piedra enorme, de hongo, por qué no, de hongo impávido y gigante, no creció más pasto en la plaza y la gente dejó de ir y una niebla espesa, parecida a la crema, pero como si la crema estuviera muerta, como si la crema se hubiera convertido en un alma en pena, en un fantasma, cubrió el suelo y disecó los troncos grises de los árboles. Me habló sin pestañar, me habló en secreto y me convenció de que mi torta de cumpleaños de grana verde y anaranjada, no era una cosa de nenes, era lúgubre y misteriosa.
Cuando soplé las siete velas celestes, mi abuelo me pidió que por favor dijera un conjuro. Era algo que los habitantes de Guaminí decían cada vez que pasaban frente a la plaza. “Que no estén en mí, que no se queden tus fantasmas”.

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