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Posts Tagged ‘sol’

Le pasa cuando sale a la calle en Enero y no hay nieve, otra vez, no hay nieve, pero sí hay una humedad prehistórica que le escarba todas las posibilidades capilares y un sol lavado que rebota como un un yo-yo en los carteles rotos del subte y en la grasa de los adoquines.

Le pasa cuando ve la aureola de sudor que dibuja mapas africanos en el pecho de los taxistas y escucha el chapoteo acuático de las ojotas de los chicos que se acercan a la ventana y usan como un desafío rústico, desafilado, la palabra “amigo” para referirse a cualquier desconocido y pedirle si por favor, por las fiestas, podría darle un par de monedas para sentir algo pesado y frío en el bolsillo.

Cuando escucha jadear a los perros estrangulados en las plazas y huele el almíbar fúnebre que desprenden las bolsas razgadas de la basura.

Se da cuenta de que no son las avellanas ni el horno dorando un pavo a cincuenta grados; que no son los pinos de plástico iluminados los que van a llevarla a los lugares que veía crecer idénticos a esas esponjas que pasaban, mojándose, de pastilla a dinosaurio, de capullo a tiburón gigante cuando contaba sus dedos sentada debajo de la mesa del comedor.

Y se toma una Coca-Cola, mirando los autos lerdos en una estación de servicio. Y dibuja osos de colores en un cuaderno Rivadavia. Y si aprieta mucho la birome, se va a cualquier parte, lejos de acá.

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cuaderno37

OTRO MINICUENTO

Las primeras fotos aparecieron en el chiquero, el día que empezó el calor. Se notaba que habían intentado pegarlas en el lomo de los chanchos, pero por la transpiración de los animales habían terminado  deslizándose hasta el barro. La chacha más vieja (Norma) tenía una adherida al hocico y se había comido la mitad. Cuando Enzo la vió,  pensó que había estado masticando un paquete de cigarrillos. No era raro: Norma podía comerse cualquier cosa.
Pero después, cuando estuvo más cerca,  fue encontrando otros cartones iguales, rotos y esparcidos entre la mierda y las pisadas de los chanchos. Eran fotos de un tipo regordete, de ojos azules y peinado con jopo. Un tipo de aire ligeramente gringo, vestido con una camisa de cuello picudo  adornado con estrellas de lentejuelas rojas y doradas.

Enzo pensó que debían ser alguna propaganda; esos folletos que tiraba Julio desde la avioneta para promocionar a alguno de los muertos de hambre que cantaban o daban conferencias en la Jaula y en el gimnasio de la escuela. 
Pero después, según cualquiera puede leer en las notas que salieron en los diarios, Enzo fue viendo cómo las fotos aparecían pegadas en la vacas y pinchadas en los alambres de púa; las vió en los árboles  flacos y secos del monte y adentro de la casa de los peones: Las mismas fotos nuevas y brillantes con la cara del tipo de ojos azules y pelo engominado.

Enzo se asustó. “Pensé que alguien me estaba tratando de hacer una broma o cosas peores”.
Enzo no dijo exactamente qué eran esas cosas peores a las que se refería. Enzo hablaba poco, muy poco, y los periodistas completaban.  Los diarios dijeron que podía estar pensando en fantasmas, extraterrestres o en un plan demente de John M. Williams, el estanciero más acaudalado de la zona, para robarle la tierra.   
 
Cuando quiso hacer la denuncia en la comisaría, contaba Enzo,  le dijeron que no podían tomarla porque la aparición de papeles en su estancia no implicaba la invasión de propiedad privada. Esperó unos días, trató de tranquilizarse y seguir con su vida habitual, pero como las fotos no dejaban de aparecer en todas partes, se decidió a contarlo a los diarios, a ver si los periodistas le daban una mano.

La primera noticia se publicó en la sección “cotidianas” del diario “La Voz” y se presentaba como un caso curioso. En la misma sección habían publicado el asunto del nene muerto que seguía llorando en el sótano de la casa de los Mazzoni y la historia del perro labrador que sabía resolver sumas y multiplicaciones. Un par de cartas anónimas enviadas  al editor coincidieron en asegurar que habían visto a un tipo de bigotes, el día que empezó el calor, merodear por el pueblo con un auto lleno de cajas. Algunas cartas lo describían morocho, otras rubio. Algunos llegaron a decir que era una mujer, pero el detalle de los bigotes (que se repetía en la mayoría de las cartas) hizo que esos testimonios terminaran por pasar a un segundo plano.

No hay más datos que estos: fotos entre los chanchos, en el lomo de las vacas, en el monte. Un tipo de bigotes que recorre el pueblo durante un día de calor  en un  auto lleno de cajas. Y Enzo, sin salir de su asombro, sigue repitiéndolos de mil maneras distintas cuando los periodistas de la capital llegan y lo consultan, lo filman, lo entrevistan. ¿Cree que los chanchos significan algo? ¿Realmente no nota el parecido entre el hombre de las fotos y él? ¿Cuántos años hace que vive en el campo? ¿Quiénes son sus padres, de dónde viene, cuál es la historia de su vida? ¿De quién heredó esos ojos claros, esa manera rústica de fruncir el entrecejo y sonreír siempre de costado?
No tiene idea. No sabe cómo contestar ninguna de esas preguntas. Nunca supo.  Y la verdad es que nunca se las había hecho, antes de que aparecieran las fotos.
Ahora que volvió el frío, cuando a las cinco de la tarde, montado en el Moro, ve caer el sol como una piedra en un charco, piensa  algunas cosas nuevas que traen esas preguntas.  Imágenes extrañas; cosas pequeñas que tendría que haber dicho y hecho, cosas para las que simplemente nunca se tomó el tiempo, aunque siempre estuvieron en su mente. Siempre estuvieron en su mente…

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