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Un conejo rojo es raro de ver en el mundo, para mí, que soy de acá. No tanto un señor que a los gritos pide pastillas para sostener hasta la senectud sus erecciones o un bosque con un lago artificial que por la noche se llena de travestis y taxistas.  El bosque tiene también, en medio del lago, una isla en donde duermen cisnes manchados con el humo que por la tarde van dejando los colectivos.
Tampoco es algo de todos los días escuchar hablar a los dibujos de tiza y marcadores en las pizarras de las escuelas, pero sí es de lo más natural, para mí, que soy de acá, asociar los números de la lotería a los objetos que conforman la escenografía de un sueño. Es normal saber que debajo del bloque de piedra que cubre y enaltece la tumba del primer presidente del país hay un enjambre de chicos descalzos que aspiran y exhalan pegamento en bolsas de plástico.
No es común pasear (ni por los bosques, ni por las plazas) acá, en este lugar del que soy. Cuando ya no somos garabatos y asumimos nuestra condición adulta, hacemos caso a lo que se nos gritó con voz áspera desde los balcones: De casa al trabajo y del trabajo a casa. Por suerte está el televisor que, encendido, nos muestra y nos musicaliza hermosamente todo lo que pasa.

 

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¿Qué es el mundo cuando estamos cansados? ¿Qué es toda esa gelatina, ese musgo en el que chapoteamos con un ojo entreabierto y el otro atento (pero muerto, igual, muerto) como un radar soviético?
¿Qué es esa culpa que se va prendiendo en nuestro estómago como las fogatas que en la Biblia se encienden en los vientres de los cachalotes? Ese calor idiota que nos llena de líquido las mejillas. ¿Qué es ese dragón, esa bestia que ronrronea en nuestra nuca, en la punta de nuestros dedos, en la planta de los pies?
Es una radio que suena, que repite, el mundo, cuando estamos cansados. Es un zumbido estático, falso, que confunde y enamora a los pájaros.  Que nos deja anclados en las ramas.

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No todos pueden decir que si recortaran su contorno se llevarían una especial figurita para pegar en el álbum.
Casi nadie puede decir eso, en realidad. Casi nadie tiene en la espalda el suficiente pegamento, en las mejillas el suficiente brillo como para adornar las carpetas, las paredes, los cuadernos feroces que van llenando sin cesar los jóvenes del mundo, los bellos, los adolescentes.
Entonces, seamos sinceros, pasados ya los treinta estamos más para empezar a hacerle caso al gato gordo, chino y budista que ha empezado a desplazar a nuestros demonios rockeros y nos susurra al oído: “Decidite!” que para insistir con la idea de que alguna vez, a lo mejor, ocupemos ese lugar exacto que nos espera en el Olimpo del mármol y los flashes.
Es hora de darse cuenta de que nadie va a reclamar nuestra estampa; estamos perdidos en el mazo de las repetidas y si no gritamos (como estos amables caballeros): “Consumo! “”Renuncio a todos mis bienes” o “Me peino solo”, es probable que pasemos intactos, silenciosos, al olvido, mientras los álbumes llenos de toda la Tierra, de todos los tiempos, desfilan pisándonos la cabeza como los corsos, los soldados y las modas.  Y que ni siquiera nuestros hijos, nuestros padres, nadie que nos importe, sepa exactamente qué cosa era la que estábamos intentado decirles cuando masticabamos callados nuestras milanesas.

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OTRO MINICUENTO

Las primeras fotos aparecieron en el chiquero, el día que empezó el calor. Se notaba que habían intentado pegarlas en el lomo de los chanchos, pero por la transpiración de los animales habían terminado  deslizándose hasta el barro. La chacha más vieja (Norma) tenía una adherida al hocico y se había comido la mitad. Cuando Enzo la vió,  pensó que había estado masticando un paquete de cigarrillos. No era raro: Norma podía comerse cualquier cosa.
Pero después, cuando estuvo más cerca,  fue encontrando otros cartones iguales, rotos y esparcidos entre la mierda y las pisadas de los chanchos. Eran fotos de un tipo regordete, de ojos azules y peinado con jopo. Un tipo de aire ligeramente gringo, vestido con una camisa de cuello picudo  adornado con estrellas de lentejuelas rojas y doradas.

Enzo pensó que debían ser alguna propaganda; esos folletos que tiraba Julio desde la avioneta para promocionar a alguno de los muertos de hambre que cantaban o daban conferencias en la Jaula y en el gimnasio de la escuela. 
Pero después, según cualquiera puede leer en las notas que salieron en los diarios, Enzo fue viendo cómo las fotos aparecían pegadas en la vacas y pinchadas en los alambres de púa; las vió en los árboles  flacos y secos del monte y adentro de la casa de los peones: Las mismas fotos nuevas y brillantes con la cara del tipo de ojos azules y pelo engominado.

Enzo se asustó. “Pensé que alguien me estaba tratando de hacer una broma o cosas peores”.
Enzo no dijo exactamente qué eran esas cosas peores a las que se refería. Enzo hablaba poco, muy poco, y los periodistas completaban.  Los diarios dijeron que podía estar pensando en fantasmas, extraterrestres o en un plan demente de John M. Williams, el estanciero más acaudalado de la zona, para robarle la tierra.   
 
Cuando quiso hacer la denuncia en la comisaría, contaba Enzo,  le dijeron que no podían tomarla porque la aparición de papeles en su estancia no implicaba la invasión de propiedad privada. Esperó unos días, trató de tranquilizarse y seguir con su vida habitual, pero como las fotos no dejaban de aparecer en todas partes, se decidió a contarlo a los diarios, a ver si los periodistas le daban una mano.

La primera noticia se publicó en la sección “cotidianas” del diario “La Voz” y se presentaba como un caso curioso. En la misma sección habían publicado el asunto del nene muerto que seguía llorando en el sótano de la casa de los Mazzoni y la historia del perro labrador que sabía resolver sumas y multiplicaciones. Un par de cartas anónimas enviadas  al editor coincidieron en asegurar que habían visto a un tipo de bigotes, el día que empezó el calor, merodear por el pueblo con un auto lleno de cajas. Algunas cartas lo describían morocho, otras rubio. Algunos llegaron a decir que era una mujer, pero el detalle de los bigotes (que se repetía en la mayoría de las cartas) hizo que esos testimonios terminaran por pasar a un segundo plano.

No hay más datos que estos: fotos entre los chanchos, en el lomo de las vacas, en el monte. Un tipo de bigotes que recorre el pueblo durante un día de calor  en un  auto lleno de cajas. Y Enzo, sin salir de su asombro, sigue repitiéndolos de mil maneras distintas cuando los periodistas de la capital llegan y lo consultan, lo filman, lo entrevistan. ¿Cree que los chanchos significan algo? ¿Realmente no nota el parecido entre el hombre de las fotos y él? ¿Cuántos años hace que vive en el campo? ¿Quiénes son sus padres, de dónde viene, cuál es la historia de su vida? ¿De quién heredó esos ojos claros, esa manera rústica de fruncir el entrecejo y sonreír siempre de costado?
No tiene idea. No sabe cómo contestar ninguna de esas preguntas. Nunca supo.  Y la verdad es que nunca se las había hecho, antes de que aparecieran las fotos.
Ahora que volvió el frío, cuando a las cinco de la tarde, montado en el Moro, ve caer el sol como una piedra en un charco, piensa  algunas cosas nuevas que traen esas preguntas.  Imágenes extrañas; cosas pequeñas que tendría que haber dicho y hecho, cosas para las que simplemente nunca se tomó el tiempo, aunque siempre estuvieron en su mente. Siempre estuvieron en su mente…

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MINICUENTO

Cuando le presentaron al payaso, pensó que su vida debía ser terrible. No la suya, claro, la del payaso. Pero después, cuando lo vió saltar entre los chicos y hacer jirafas blandas y celestes con los globos, se dió cuenta de que no había ningún motivo cierto para suponer que ese tipo con disfraz de desquiciado no fuera completamente feliz.

A veces pensaba como si las cosas que le venían a la cabeza las hubiera guionado uno de esos escritores que trabajan de a muchos en mesas grandes llenas de comida y se festejan los chistes mutuamente en los estudios de televisión.

El payaso tenía que entretener a los chicos hasta las seis y él, mientras tanto, iba a aprovechar para escabullirse un poco de la fiesta y subir a la habitación para hablar por teléfono con Mateo.

En México era de noche y Mateo debería estar por salir para el bar.

Iba a decirle: “Hoy vino un payaso a entretener a los chicos, un tipo con la piel grasienta y llena de pozos. Sentí algo de pena por él, pero después lo vi saltar como un crío de cuatro años, revolcarse en el suelo, cantar canciones con la voz aguda y me di cuenta de algo. Algo que no se decir muy bien, pero que me hizo sentir un poco avergonzado”

Iba  a decirle: “Me gustaría que estuvieras acá; que pudieras ver cómo se divierten los chicos”

Iba a decirle: “Es extraño que estés tan lejos siempre”.

Pero el teléfono daba ocupado. Algún problema con las líneas.

Y después de un rato, tuvo que bajar. Y cantar el feliz cumpleaños, con su mujer, el payaso, y el resto de  los chicos.

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En Holanda y en otros tantos países, como este, por ejemplo, comienza a anochecer antes de que sea de noche. Y los bares se van llenando de gente que se demora, que da vueltas como un perro antes de hacer pís.  Porque saben que una vez que dejen de dar vueltas sobre sí mismo; de buscarse las colas y olftear el suelo por el que deambulan arbitrariamente con sus muslos erguidos y sus caras estiradas como trompas de elefantes, deberán volver a su casa y encender el televisor y ver mujeres desnudas y tipos que gritan mientras mastican una milanesa.

La noche que ahora llega antes de que sea de noche, y encuentra a  todos aún indecisos, cobardes, evasivos,  tratando de rasguñarle al día un rato más a solas, en el café, husmeando en las librerías, en los kioscos, en los cines, tratando de hacer que las horas sean distintas a sí mismas, aunque sea durante un rato, trae ideas dementes que gritan como gritaría un oso de peluche que, de pronto, fuera bendecido con superpoderes.

Me miro las manos, limpias, pulcras y sin vestigios de envejecimiento. Veo las manos como podría ver un arma cargada, un cuchillo debajo del colchón  de una celda.  Y me pongo alcohol en gel. No sea cosa que me chupe los dedos y me agarre algo

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Tenía dos ojos de disco viejo. De disco de vinilo negro, empetrolado y redondo giratorio tenía los ojos la chica que a los cinco me hacía temblar las muelas.  Yo silbaba para que me viera, para que admirara mi pericia adulta, hacía la vertical y me hamacaba fuerte (desafiaba la muerte, pequeña, de ese entonces) en la terraza enrejada donde jugábamos juegos. 

¿Qué habrá sido de la chica de ojos de vinilo negro, giratorio, que sabía la indiferencia de los párpados que bajan como martillos sentenciosos, de los labios que se ocupan con estudiado desprecio de los tragos de colores y los chicos deportistas, mientras al resto se nos estruja el hígado intentando develar el misterio de su indolencia, jugándonos la vida en las hamacas y la dignidad en acrobacias ridículas?

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Lo que separa a los bailarines del resto de los mortales, tiene que ver con ese gesto infantil que van desparramando sus rodillas. Porque en las plazas, entre los árboles orinados por los gatos y los perros, solamente se ven rodillas abombadas. Lo mismo en el subte B o  en una oficina del centro en donde  unos empleados de edades y situaciones vitales diversas hablan por teléfonos inálambricos con unas personas que hacen cosas chiquitas de acero para que los lavarropas no se muevan mucho cuando andan. Ahí, más que nada, ahí las rodillas son adustas, melindrosas, cívicas. 
Qué distintos son los negros, aunque ellos no quieran. ¿No? Igual que los chinitos gordos o los noruegos estirados. En cuanto mueven las rodillas, se ve que, toda voluntad simplista y democrática por igualar a los seres humanos en una raza uniforme de ciudadanos del mundo está más cerca del parquet que de los cuadros de Picasso.  No hay un ñato igual al otro, no vengan con pavadas.  Hay que mirarse las piernas en movimiento, toda esa vibración ósea, toda esa ideología muscular.
Sí, es eso lo que pasa. La posta está en las rodillas. La gente no lo ve, porque tiende a manejarse más que nada con las manos.  Como los monos. Y ahí es cuando los padres, los maestros, los directivos y alumnos agarran un cuchillo desafilado,  ponen cara de Jack Nicholson enloquecido y empiezan a repartir tajos como souvenirs.

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En 1386, en Falaise, Normandía, una cerda de unos tres años de edad vestida con ropas de hombre fue arrastrada por un caballo desde la plaza del castillo a un cadalso público ubicado sobre el campo de la feria. Allí, frente a una multitud encabezada por el vizconde de la localidad y un centenar de cerdos (familiares de la condenada), el verdugo mutiló a la cerda cortándole el hocico y parte de un muslo trasero. Luego, la disfrazó con una máscara que representaba un rostro humano y la dejó colgada en una horca hasta que sobrevino su muerte. Los restos fueron quemados en una hoguera. Un tiempo después, por pedido del conde de Flaise se pintó un mural en la Iglesia de la Santa Trinidad a fin de conservar el recuerdo del acontecimiento.
La cerda había sido enjuiciada previamente por matar a un niño de tres meses.
En 1457, en Borgoña, hay registros de un juicio en el que una cerda confesó bajo tortura ser culpable de matar y devorar parte del joven Jehan Martin en un arrebato de locura.
En los cócteles del embajador la gente comenta lo bueno que es que la humanidad haya evolucionando tanto y tan acertadamente, abandonando la antigua ceguera del dogmatismo. Lo dicen de otra manera. A los invitados del embajador les gusta usar la palabra “alucinante”.

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¿Qué irán a deparar estos caminos que se cruzan? ¿Conducirán, como decía Arturo, indefectiblemente al tedio o a la locura? ¿Habrá que pintarse el pelo de dos colores, dejarse crecer bigotes y poleras? ¿Habrá que ser calvo, niña, vegetal andrógino en mallas amarillas? ¿Qué querrá esta vez el tiempo de nosotros? ¿Quién será Jean Cartier, Hugo Boss, Bill Clinton, Madonna? ¿Quién le dirá a mi hijo qué casco ponerse, qué palabras adular, qué libros pasar por alto?

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Disparen sobre los sombreros. Disparen, no dejen pensar. Ni se les ocurra. No hay tiempo para bufandas, ni pulóveres. Se viene el invierno entero, encima. El invierno no respeta los trajes espaciales, la dignidad de los cerdos y sus gripes arcaicas. No, no, el invierno no respeta los pañuelos ni las patillas. Disparen, maten a todos, que se viene el invierno encima de nuestra impermeabilidad. Ay, el frío, el calor, esas cosas de las que hablamos con liviandad. ¡Cómo nos pueden!

Hay que disparar con lo que se tenga a mano. Ya sea una pistola de luces, un dentífrico, un hermano. Lo que sea. Tirémoselo a otros. Los otros son un obstáculo, una pesadilla repetida. Como el invierno. ¡Ay, pero cómo nos pueden!

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Los pájaros que flotan con la hidalguía de un martillo sobre las cosas que no se dicen algunas personas traen a sus víctimas un renovado olor acre para el moho de sus madrigueras. Traen del Trópico la serenidad sobria del té, de la viruela y obligan a relajar el cautiverio, esa vanidad doméstica.

Algunas palabras calladas, estáticas como maquetas, empiezan a galopar en las ranuras, a golpear en los labios como los nudillos mercenarios de un carnicero. Se despliegan los pergaminos y los pájaros vuelan, con sal en las colas, arrojando mermelada sobre los tejados. Reparten entusiasmo como pan y van prendiendo pipas con el rubor de los ancianos.

Son jinetes del susto, más hábiles que el mármol para hacer durar por siempre un crisantemo.

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En otras épocas, los labios eran menos importantes que las barbas; los cuernos que llevaba uno en su casco estaban muy por encima de la calidad de sus pulóveres y no era tanto lo que uno decía lo que terminaba por forjarle una reputación entre los otros, sino más bien lo que uno podía o no podía hacer con sus propias manos.

No era relevante saber saludar con aplomo e hidalguía, llevar la polera bien puesta, el bombín encasquetado. Y menos que menos si se era una foca, y se sabía hablar, ahí el futuro estaba practicamente asegurado. Los tiempos cambian y la moda, como Dios, se manifiesta de maneras misteriosas.

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A de no te quejes por tener el cuerpo amurallado y la cabeza blanda como una esponjA.

E de será por eso que ponés, a la noche, antes de dormir, los ojos en blanco y pensás en peinados nuevos y distintas formas de hacerte de una vez por todas con tu partE

I de diga lo que diga tu cara todos sabemos que escondés, en todo el cuerpo, un temblequeante y deprimente frenesI

O de deberías, por lo tanto, dejar de mirar el cielo esperando que caiga pan, polleras tableadas, la salvación rosada en una lluvia de descontentO

U de lo que queda es siempre apretar los dientes y piar como los pájaros, o más sabíos, como las vacas, esconder nuestra sapiencia, nuestros horrores en un monosílabico, perfecto muuuU

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En el auto escuhábamos Creedence y sacábamos la cabeza por las ventanas. Fumábamos y nos quedaba olor a humo en los pulóveres. Aplaudíamos también. Sincronizabamos aplausos.

Viajábamos a lugares con montañas, con lagos, pero nunca muy lejos. Comíamos fideos pegoteados y alfajores; tomábamos ginebra en un termo.  Teníamos el pelo largo y descuidado; las remeras y los pantalones pegados al cuerpo.

Se que si pongo Creedence en un 504 puedo ir a los mismos lugares. Se que me espero ahí, desde hace un tiempo.

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